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José Enrique Rodó.


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José Enrique Rodó.

Nacido en Montevideo el 15 de julio de 1871, fue educado en el Colegio Elbio Fernández que fundara José Pedro Varela.

Su principal obra “Ariel” apareció en 1900. Se trata de una obra dirigida a exaltar la herencia cultural humanística de origen griego, que el autor opone a lo que considera excesivo materialismo de la civilización anglosajona y especialmente de los EE.UU.; en esa época pujante nación en surgimiento al desarrollo económico. Opone entonces, la riqueza económica y el ordenamiento político a las virtudes espirituales de la que considera la cultura verdadera, de tradición humanista.

“Ariel” es un ensayo; es decir, una obra en prosa en la que se exponen y discuten ideas y conceptos en torno a un tema de gran trascendencia en forma sistemática y exponiendo una tesis. Rodó utiliza en esta obra algunos personajes que son simbólicos, en cuanto cada uno de ellos representa más que una individualidad, un concepto moral o cultural. Los personajes pertenecen originariamente a la obra teatral de Shakespeare “La Tempestad”, que Rodó toma de la versión francesa del mismo tema, escrita por Renán, llamada “Calibán”.

En esta otra, un venerable anciano que es mago, llamado Próspero, que simboliza el poder de la intelectualidad y la sabiduría choca con Calibán, personaje característico de la grosería y la ignorancia popular, manifestación de un materialismo en que las sociedades buscan igualarse a su nivel más bajo de cultura.

Frente a Calibán, aparece Ariel, un símbolo de lo más noble del espíritu humano, personaje alado que representa el imperio de la razón y del desinterés por el desenvolvimiento de la inteligencia y la cultura en su enfoque más espiritual.

“Ariel” se compone de tres grandes sectores. En el primero, Rodó aboga por la valoración de la universalidad de la personalidad humana, oponiéndose al cultivo altamente especializado de sus capacidades. Su propuesta es que los seres humanos deben cultivarse en numerosos aspectos culturales.

La segunda, postula como únicas valederas las superioridades de origen intelectual, en contra de un concepto de igualación que impediría que los que son mejores obtengan el reconocimiento que por serlo les corresponde.

En la tercera, centra sus anteriores conclusiones en una critica a los EE.UU.

Concibe como modelo de perfección los atributos que se asignan a la ciudad de Atenas de la época clásica, propiciando que la educación de la juventud tenga un sentido muy integrado, en que participen tanto los conocimientos científicos avanzados, como el cultivo desinteresado de la belleza estética de las artes.

En definitiva, lo que Rodó señala es la necesidad de que las personas se superen en los planos del intelecto y el gusto por las cuestiones superiores de la cultura, que en consecuencia se reconozca que esa superioridad existe, y no se sustente una igualdad al nivel de la chabacanería y la vulgaridad; es decir, que se produzca en los hechos lo que ha recogido nuestra Constitución en cuanto a que, además de no reconocerse otras diferencias que las emanadas de los talentos y las virtudes, efectivamente se reconozca que no todos los hombres son iguales en punto a sus talentos y virtudes, y esas diversidades sean traslucidas en la consideración efectiva de su valor en los distintos individuos.

Lo que Rodó desdeña, no es en realidad un elemento ligado a determinados aspectos de nacionalismos o prejuicios contra países o culturas; sino el valorizar la ignorancia y la vulgaridad como un paradigma de igualdad que en sí mismo no contiene valores auténticos, en contra de valorizar la superioridad del cultivo de la instrucción y la apreciación de las ideas superiores, de la complejidad de las cuestiones fundamentales de los seres humanos, y reconocer entonces que quienes poseen esa cultura superior y variada son mejores y en consecuencia es natural que sean considerados así.

Ocupó una banca de diputado en el Parlamento nacional por dos períodos. Actuó como periodista y profesor de literatura. Falleció en Palermo, Italia, el 1 de mayo de 1917. Sus restos fueron repatriados e incorporados al Panteón Nacional el 1920.



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